Andreu Climent fue el primer presidente de Ciencia en el Parlamento (Ceep) y es también profesor de la Universidad Politécnica de Valencia. Pero Andreu es mucho más.
“Creo que lo mejor me define es ser alguien lo suficientemente inconsciente como para creer que las cosas se pueden mejorar y que, si quieres que algo sea mejor, no hay otra forma de conseguirlo que empujando para hacerlo,” respondía a la primera pregunta de esta entrevista.
En 2018, Andreu empujó para que CeeP empezara andar. Y hace cinco años, fundó Corify Care, una start-up con la que, junto a un “equipazo” –como él dice– de unas 30 personas, trabaja para mejorar la eficacia de las cirugías cardíacas.
¿Cómo empezó Ciencia en el Parlamento?
CeeP, como muchas otras iniciativas, ocurrió gracias a una combinación de factores: un grupo de personas con ideas y energía, un contexto propicio y, en un momento dado, una chispa que enciende el cambio.
En España, no hemos sido tradicionalmente un referente en el uso de la ciencia y el conocimiento como motor de progreso social y económico. Sin embargo, poco a poco hemos construido un ecosistema científico sólido, con instituciones y centros que producen ciencia reconocida internacionalmente. Además, muchos hemos tenido la oportunidad de estar fuera, ver cómo funcionan otros sistemas, aprender de sus aciertos y errores. Y, en estos años, también la sociedad ha evolucionado.
Con una ciudadanía más formada y un sistema científico más maduro, era sorprendente que en 2018 aún no existiera una oficina de asesoramiento científico en el Congreso de los Diputados, como la que existía en otros parlamentos como el europeo o el británico desde hacía décadas. Ese año, la iniciativa #CienciaenelParlamento fue el punto de partida, la semilla que permitió construir un camino hacia la creación de lo que hoy conocemos como la Oficina C, que tiene como misión el asesoramiento científico de nuestro Congreso.
¿Por qué, tras años de otras iniciativas para que el Congreso tuviera una oficina de asesoramiento, la iniciativa #CienciaenelParlamento cuajó?
Cierto, la idea no era nueva. Quizás el éxito fue ver que el ecosistema estaba listo. En enero de 2018, en tan solo cuatro semanas, reunimos el respaldo de miles de personas y centenares de instituciones y empresas. Todo empezó con una convocatoria de ideas de la Fundación COTEC y con el rápido apoyo de la Fundación FECYT. Las jornadas “Ciencia en el Parlamento”, a las que debemos el nombre de nuestra asociación, juntaron a políticos y científicos durante 2 o 3 días para dialogar sobre cómo la ciencia puede aportar soluciones a los retos sociales. La Mesa del Congreso y todos los grupos recibieron muy bien la propuesta. Y con estas jornadas celebramos también el 40º aniversario de la Constitución Española.
La verdad es que contamos con un equipo de personas excepcional, muchas de ellas procedentes de las asociaciones de científicos españoles en el exterior (RAICEX) y de la Fundación FECYT, que conocían cómo funcionaban las oficinas de asesoramiento científico en otros países.
Otro factor clave del éxito, creo, fue que tuvimos claro que CeeP no iba a centrarse en política científica. Y no porque no fuera importante, sino porque ya había muchos actores trabajando en esa dirección. En nuestro caso, queríamos poner la ciencia al servicio de los políticos, mostrarles que, contar con los datos y el conocimiento científico es una herramienta útil para cada decisión –en sanidad, educación, industria, transporte o cualquier ámbito–. La ciencia no tiene todas las respuestas, pero sí aumenta las probabilidades de acertar. Y eso es lo que permitió que políticos de todas las ideologías nos vieran como una idea positiva para la sociedad.
Y para ser sincero, tuvimos la suerte de encontrar también en la política a personas que creyeron en el proyecto y lo apoyaron sin buscar réditos partidistas. Tanto Ana Pastor como Meritxell Batet impulsaron #CienciaenelParlamento de manera enérgica, demostrando que cuando algo es bueno para la sociedad, se puede trabajar conjuntamente, más allá de las diferencias políticas.
Vaya, parece un camino de rosas. ¿Lo fue?
No, no fue un camino fácil. Incluso con el consenso inicial, nos llevó tres años encontrar la fórmula legal, los fondos y la estructura necesaria para implementar el proyecto. Fue crucial el apoyo del cuerpo de letrados del Congreso, y también el trabajo continuo y, muchas veces, invisible desde CeeP y desde la fundación FECYT. Así convencimos a los distintos actores, se evitaron muchos malentendidos, buscamos soluciones y aprendimos de los errores.
Hoy, la Oficina C es todavía un proyecto joven, pero ya ha logrado un impacto importante en varias temáticas. Este es solo el principio de un largo camino lleno de posibilidades.
¿Qué iniciativa te hubiera gustado liderar si hubieras seguido como presidente de CeeP?
Creo que uno de los retos pendientes es llevar el asesoramiento científico a todos los niveles del proceso legislativo y ejecutivo. No debemos olvidar que es en los parlamentos autonómicos donde se debaten y deciden muchas de las cuestiones que afectan directamente a los ciudadanos. El trabajo que está haciendo CeeP para acercar el asesoramiento científico a estas instituciones es esencial.
Y también es crucial que grandes instituciones como el CSIC o las universidades incorporen el asesoramiento científico como una prioridad estratégica. Porque los científicos no estamos entrenados para asesorar: nos cuesta traducir nuestro conocimiento en información clara, concreta y útil para quienes deben tomar decisiones bajo presión y en plazos cortos. Por eso, me ilusiona ver todas las iniciativas de CeeP orientadas a la formación en asesoramiento científico.
¿Qué te gusta de nuestra asociación hoy, en 2025?
Lo que más me gusta de CeeP en 2025 es cómo ha logrado consolidarse como un referente en el diálogo entre la ciencia y la política, manteniéndose fiel a sus principios originales. La asociación ha madurado sin perder su esencia: generar puentes de entendimiento y colaboración entre dos mundos que históricamente han estado demasiado separados.
Admiro especialmente el trabajo para expandir el impacto del asesoramiento científico más allá del Congreso, llegando a parlamentos autonómicos y otras instituciones clave. Es una demostración de que la misión de CeeP no es solo puntual, sino que tiene vocación de permanencia y un impacto sostenido en la sociedad.
Por último, me encanta ver crecer la comunidad de CeeP, con personas que aportan nuevas ideas y energía, y que garantizan que el proyecto siga vivo durante las próximas generaciones. Esta capacidad de inspirar y movilizar a nuevas voces es, en mi opinión, uno de los mayores logros de la asociación.
Y ¿cómo te gustaría ver a CeeP en el futuro?
Imagino un futuro donde CeeP cuente con los recursos suficientes para ampliar su alcance, en España y colaborando con redes internacionales. Sería fantástico formar parte de un movimiento global que convierta la ciencia en un pilar central de las políticas públicas. Este crecimiento debería poner también un foco en la educación: me encantaría que CeeP se convirtiera en un referente educativo, mostrando a las nuevas generaciones cómo la ciencia puede transformar la sociedad y cómo ellos mismos pueden contribuir a ese cambio.
Además, creo que sería muy valioso que CeeP organizara jornadas periódicas en el Congreso de los Diputados y otros parlamentos, abiertas a toda la comunidad científica y política. Sería una manera de fortalecer los lazos entre ciencia y política, generando un diálogo constante y productivo que permitiría que los políticos conocieran de primera mano el trabajo más puntero que se realiza en España y cómo este puede ser clave para el futuro del país.
En definitiva, sueño con un CeeP que sea un modelo de colaboración, un espacio de encuentro y aprendizaje mutuo, y una herramienta esencial para que la ciencia contribuya a construir un futuro mejor para todos.
Y, si no hubieras sido primero científico y luego también emprendedor, ¿a qué te hubiera gustado dedicar tu tiempo profesional?
No me definiría estrictamente como un científico que luego se convirtió en emprendedor. Creo que, más bien, soy una persona curiosa y con ganas de contribuir a un futuro mejor. Hasta ahora, he dedicado mi energía a ello a través de la ciencia y la innovación, pero creo que si las circunstancias hubieran sido diferentes, probablemente habría buscado otros caminos. Tal vez la educación, la divulgación o incluso proyectos sociales. Lo que realmente me motiva no es «qué» hago, sino «por qué»: el propósito de contribuir a algo más grande, que tenga un impacto positivo en la vida de las personas.